viernes, 17 de agosto de 2018

Pequeño relato.

   ¡Oh! Pasad, pobres mortales. Quizás os preguntéis qué es esa criatura que podéis ver encima de éstas palabras. Es una criatura que proviene de Khrívaly, pero se dedica a viajar por el universo para colonizar planetas habitados y cumplir una misión muy simple: Protegerlo de los Devoradores de Dioses/Mundos (Ya hablaremos de esas nauseabundas criaturas). Es una Horguenkai y pueden cambiar de una forma planta (Arriba) cuando hay mucha humedad a una forma de hongo (Abajo) cuando está en una zona seca. El carácter cambia según el mundo donde cayesen, pero principalmente son muy amistosas. Tienen tres razas, pero la que se adentra en los mundos (En realidad se lanza una vaina y de ella nacen en el mundo directamente) son las de la raza Endencontés, también conocidas como Endes. Éstas pequeñas tienen unas cuantas misiones fundamentales: Adaptar su cuerpo al mundo, aprender todo sobre él y reproducirse para que nazcan Horguenkais de una raza guerrera adaptadas a esas condiciones.
   Pero me enrollo demasiado, mirad lo que pasó aquella vez que una Horguenkai cayó en vuestro planeta, La Tierra:


Por vuestro bien

Fiesta nocturna. En un pueblo perdido del norte de las Islas Canarias, se celebraba un baile en honor a las vírgenes redentoras por la llegada del verano. Los grandes barriles de cerveza se agotaban con rapidez y la gran hoguera crepitaba con miles de libros de estudio
La joven Anastasia había terminado su carrera y respiraba aliviada de no tener que volver a aquellas infernales aulas. Bebió lo que pudo, controlando que nadie intentase colarle algo en el vaso, y se unió al baile principal cuando decidió que era suficiente.
Quizás fuera la bebida, o tal vez el calor de la hoguera, pero deseaba cometer una locura, algo que al día siguiente no recordara. Paseó la mirada cerca de la barra principal, mordiéndose el labio mientras probaba a sus futuras víctimas con la mirada. Un joven, tal vez extranjero por su piel pálida y su cabello rubio, sería su primer bocado.
Siguió al joven con la mirada, alejándose de la zona de baile y adentrándose en una zona oscura. Demasiado fácil, y apetecible. Un extranjero perdido era perfecto para sus planes. Llegó hasta un cementerio sin vigilancia ni muros y lo vio adentrarse en un callejón entre dos mausoleos que Anastasia sabía que no tenía salida. Se mordió el labio y le cortó la salida, jadeando de placer.
Pobrecito. ¿Te has perdido? –preguntó Anastasia, babeando–. Te puedo guiar por el buen camino.
Anastasia entró en el callejón, sonriendo mientras el extranjero se daba la vuelta. Y el extranjero se desvaneció ante sus ojos, como si fuese un fantasma. La chica sufrió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal como una descarga eléctrica. Se giró con miedo, dejando caer el vaso, y se encontró de frente con una criatura humanoide femenina sin boca, y con la cabeza en forma de hongo.
Hola, quinceava madre viva, segunda madre humana –dijo la criatura–. Has sido elegida para salvar tu mundo.
¿Q… Qué quieres decir? –Anastasia se tropezó con el vaso y cayó de culo–. ¿Qué eres?
Anastasia se arrastró hacia atrás, alejándose de la criatura y chocando su espalda contra el final del callejón. La figura se acercó a ella con soltura.
Soy una chica que busca proteger los hermosos mundos llenos de vida, esos que habéis detruido. –La criatura habló durante un rato antes de que Anastasia se diese cuenta de que el sonido no salía por ningún orificio–. Antes de que los Devoradores de Mundos lleguen, debo asegurarme que no aterrizan. Y ahí entras tú.
Anastasia jadeó y cerró los puños, estaba demasiado cerca de ella. Las garras de la criatura atravesaron la pared tras Anastasia y el miedo la dejó paralizada. Quiso suplicar, pero las palabras no salían de su garganta mientras una de las garras le arrancaba la ropa. Frente a ella, estaba aquella criatura hembra, mirándola con aquellos ojos carmesí que le producirían pesadillas.
Su respiración iba demasiado rápida, igual que su corazón. Su ropa desgarrada yacía en el suelo. Temía saber lo que iba a suceder. Había visto demasiadas películas similares. Volvió a intentar suplicar, pero sintió aquellos pechos húmedos rozando los suyos. Demasiado cerca.
No lo vio, sí pudo escucharlo y nada pudo hacer para evitar sentirlo pegajoso contra su piel. Algo parecido a una lengua que salía de la criatura, de su vagina. Las feromonas que expulsaba el hongo invadían sus sentidos con un aroma denso y dulzón, que le hacía sudar y ruborizaban su nariz y sus orejas, sus pezones y su vulva.
Vio tras la criatura a varios animales deformes, transformados en seres parecidos a la mujer hongo. Una osa, una coneja, otra humana...
Al final sucedió lo que tanto había temido. En aquel sucio callejón del cementerio, donde quiso pasarlo bien. La mujer hongo la violó.
Aquella lengua extraña entró por su vagina y lamió su interior. Anastasia gimió mientras varias lágrimas recorrían su rostro. Más esporas y su cuerpo empezó a calentarse mientras cerraba los ojos, notando todo su cuerpo pidiéndole a gritos dejarse lllevar. Abrió los ojos de nuevo y no encontró a la mujer hongo. Allí estaba de el extranjero.
¿Sucede algo? –le preguntó con una voz masculina muy seductora–. De pronto te has quedado callada.
Oh –Anastasia negó con la cabeza–. Lo siento, debo haber bebido y veo cosas.
Sólo déjate llevar.
El extranjero la besó y ella no pudo más que gemir en silencio, abrazando la espalda del hombre, extrañamente húmeda y blanda. Cruzó las piernas para atraparlo y movió las caderas para notar aquel pene travieso más profundo en su interior.
Arañó la espalda de su compañero y soltó un fuerte gemido cuando notó en su interior algo alargado moverse con precisión, satisfaciendo todos sus puntos más sensibles. Pronto notó un líquido adentrarse en su vagina.
Su cuerpo se paralizó al correrse del placer y cayó al suelo, dándose un golpe en la cabeza que la dejó inconsciente. La mujer hongo la miró y le tocó la cabeza con delicadeza. El vientre de Anastasia empezó a hincharse.
***********
Sólo era una más. Un cuerpo desgarrado desde el ombligo hasta la vagina, con el interior esparcido por la tierra, como si algo hubiese salido con fuerza. No habían sospechosos, no habían testigos. Sólo una víctima más. En otro lugar, dieciséis criaturas buscaban un lugar plácido y solitario.
Aquí descansaré –dijo la mujer hongo mientras enterraba los pies en la tierra y de su espalda salían ramas–. Aquí empezaremos todo.

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